Santa Lucía celebra el siglo de vida de Josefa Saavedra, ejemplo de esfuerzo y ternura

Josefa Saavedra García salió de su habitación apoyada en su andador, con un vestido azul marino y la serenidad de quien ha vivido un siglo. Su hija Fela le susurró: “Mamá, este señor es el alcalde y vino a felicitarte”. El alcalde de Santa Lucía de Tirajana, Francisco García, le entregó un ramo de flores y la felicitó con dos besos. También estuvo presente la concejala de Promoción de la Autonomía Personal, Minerva Pérez.
Sentada ya en una silla, con las piernas apoyadas sobre el andador, Josefa comenzó a desgranar recuerdos. “Yo nací en Tejeda, me bautizaron bajo el manto de la Virgen del Socorro… pero después vine a vivir a Vecindario, a trabajar en la zafra”, relató cuando el alcalde le preguntó si siempre había vivido en el municipio.

Una vida entre naranjas, tomates y amor

En Tejeda ayudaba a sus padres en la finca de naranjas. “Yo hacía hasta cinco o seis quesos al día”, recuerda. Fue allí donde conoció a Miguel, quien acudía a comprar naranjas. “Vino una vez, luego volvió… y después empezamos a hablar”. Entre cajas de fruta comenzó una historia de amor de la que nacieron cinco hijos —Juan, Esteban, Lucas, María y Fela—, 26 nietos y dos biznietos. “Y estoy esperando un tataranieto”, añade con orgullo.
Como tantas familias a mediados del siglo XX, emigró a Vecindario para trabajar en el tomate. Su marido se dedicó a la construcción. “A él no le gustaba la agricultura. A veces en Las Palmas hacíamos asaderos en la obra los fines de semana”, rememora.

“Nunca usé cremas”

Durante la celebración, Fela sorprendió con un queque casero. El alcalde le preguntó cómo se encontraba. “Bueno, tengo algunas torturas, pero aquí estamos”, respondió con humor.
Su hija no dudó en bromear sobre su piel: “Ella está mejor que yo, fíjense en sus arrugas”. Josefa desveló su secreto: “Nunca he usado cremas. Siempre me lavé con jabón lagarto”. Sin marcas ni productos sofisticados, su receta ha sido sencilla.
Hace poco, en el hospital, una enfermera dudó de su edad. “Aquí pone que tiene 99 años, ¿cómo va a ser ella?”, comentó sorprendida.

Un siglo rodeada de cariño

Josefa agradece la atención que recibe de las auxiliares municipales: “Me atienden muy bien, todo el mundo es bueno conmigo, sobre todo mi yerno Manolito que me puso esta casa”. También destaca el cariño de su cuidadora, Marisa, que la acompaña desde hace siete años.
Trabajadora incansable, además de la zafra sacó adelante su hogar. “Yo hacía buenos potajes de berros. Un caldero grande, porque le daba a mi vecina Margarita y a mis hijos”.
Se casó con 20 años con Miguel. En la entrada de la casa permanece su retrato en blanco y negro, con traje y corbata, testigo silencioso de toda una vida compartida.
El momento más emotivo llegó al encender las velas. Tres cifras marcaban el número 100. Familia y autoridades cantaron “Cumpleaños feliz” mientras Josefa soplaba con determinación. Un siglo de vida, lleno de trabajo, amor, memoria… y mucho jabón lagarto.
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